© ​2018 by In2travel

PARTE 3 (de 3)_Luang Probang_ Hanoi

 

Tomé pastillas para dormir. Los relajantes musculares son excelentes. Me las recetó el doctor para el dolor de espalda. Una máximo en caso de dolor. Tomé dos, y sin embargo no pude dormir en toda la noche. Transpiraba y transpiraba. Todo olía mal y los indeseables cantaban y gritaban provocándonos a todos. Para colmo de mis pesares ahora estaba totalmente drogado. No me sentía bien, y mi cuerpo flotaba. A veces pienso que no fueron la pastillas sino que la desesperación, la que me tuvo alucinando, porque hubo un momento en que simplemente no entendía nada de nada.

Pasaron las horas, ya era más de media noche y todos dormían. Yo pensaba en mi infancia, en el futuro, en la amistad, en mis miedos, anhelos, recuerdos, etc. -creo que fue de las pocas veces en que pensé de mi vida en Chile- . Estaba es un estado de pánico introspectivo. No era capaz de expresarme, tenía la boca seca y sólo me quedaba agua tibia en la botella. No podía tocarme la cara porque mis manos apestaban a fierro, y sólo pensaba en salir de esa tortura. 

No me importaba quedarme en la selva. Únicamente quería respirar aire fresco y tener un poco de tranquilidad mirando las estrellas aunque después de eso mi vida hasta ahí no más llegara. –Es increíble esa sensación de querer tirar la toalla y simplemente salirse de todo-.
De pronto una barricada improvisada nos hace detenernos. Era el primer signo de presencia humana en el exterior. Me costó darme cuenta que se trataba de la policía, quienes portando armas, nos hicieron bajar de la micro para inspección de pasaportes y revisión de las maletas.
No lo podía creer, estaba comenzando a mentalizarme del suplicio del viaje, y ahora en la mitad de la selva una linterna me daba en la cara desde el otro lado del vidrio.
No pensé en nada imposibilitado por la soñolencia, las pastillas y sobre todo por la desesperación. Mis amigos extranjeros velaban por mi, y el canadiense algo nos explicó, pero sin mirar a ningún punto fijo, salí rebotando entre la gente evitando el mareo y aguantando las ganas de vomitar.
Estaba oscuro y todos hacían una especie de ronda, como si me estuvieran dando una bienvenida a mi bajada de la micro, pero no me cuadré ante nadie, y no busqué rincón. Escuché vituperios y sabía que me hablaban a mí, pero yo ya no tenía dignidad: Me había puesto a orinar delante de todos. La policía, los pasajeros, el chofer, los indeseables, todos.

 

Una lágrima cayó por mi mejilla, y me poseyó el deseo de tener más fuerzas y ganas, para así rociarlos a todos.
Terminé con satisfacción. No dije nada y nunca levante mi cabeza para que no vean mis ojos ensangrentados. A la distancia mostré mi pasaporte –mostrarlo, nunca soltarlo, aunque la policía lo exija-, y volví a subir al bus.
Hasta el día de hoy no sé si la Policía no dijo, ni hizo nada, ó bien porque fue tan “cara dura” la escena que desplegué, que nadie atinó a nada, ó quizás porque no era el primer “gringo” sumido en un estado de demencia absoluta, que efectuaba un espectáculo parecido.
Subí las escaleras y retomé mi posición en medio de la oscuridad en el bus detenido. Estaba completamente desamparado, pero de un segundo a otro, logré darme cuenta que era el único a bordo, ya que a todo el resto le estaban pidiendo sus papeles y les hacían abrir sus bolsos.
Al fin no tenía a nadie a menos de diez centímetros a la redonda, y el motor no rezongaba y no expelía humo ni calor. -Que satisfacción más grande-. Había aire por primera vez, y gozaba de silencio. ¡Aire y silencio, aire y silencio. Que bendición!.

 

Apoyé mi cabeza en el vidrio y no desperté hasta en amanecer en la frontera con Vietnam.

Boca reseca, soñolencia y falta de entendimiento. Me reincorporo y aunque parezca extraño, me sentía mucho mejor. Aún faltaban cerca de nueve horas, pero ya estábamos cruzando a Vietnam. El saber que no volvería a pasar la noche en esa sala de tortura rodante, era lo que más me animaba. 
Desperté cuando el chofer apagó el motor del bus, y comenzó a gritar algo indescifrable. Nos miramos los extranjeros y a la distancia nuestro Comandante nos dijo que debíamos bajarnos todos para pedir timbre en la frontera.
Habían más de cincuenta buses en una fila que duraba más de tres horas. Mientras nuestro transporte hacia la fila para cruzar, los pasajeros debíamos ir a pie a la oficina de Inmigraciones.
Resultado al llegar: un caos total de al menos unas mil quinientas personas, sin exagerar.

 

Era temprano pero ya hacía calor. Todos estaban eufóricos y muchos coludidos en grupos, que nos observaban rondándonos en forma sospechosa, y pasando de reojo revista a nuestros pertenencias. -Quizás estaba paranoico, y no era así-.
Ese lugar, era la imagen perfecta que lleva a que millones de personas justifiquen no viajar a este tipo de países, o al menos que si lo llegasen a hacer, prefieren hacerlo de una forma mucho más cómoda.
Acabábamos de dejar la selva, pero ahora nos aventurábamos a la verdadera a la jungla.
Era la escenografía perfecta para filmar una película de suspenso en donde un turista está inserto en una situación de desesperación extrema, cuyo título podría ser algo como: “Sálvese quien pueda”, “La frontera” ó quizás “Welcome to the jungle”.
Era como estar un 31 de Diciembre en la estación central para tomar bus a la costa, ó bien como esas fotos de los trenes en la India donde la gente va atiborrada, incluso arriba del techo.
Estaba tan mareado que les dije al resto del grupo de extranjeros que esperáramos a que todos hagan su trámite primero y que al final pasáramos nosotros, a lo que nuestro Comandante me señala su desacuerdo acercándose con los ojos hacia afuera y diciendo: “Are you nuts, dude?... the bus it´s not going to wait for us.... we have less than three hours to to get the stamp”.
Que??. Debíamos apresurarnos porque el bus no nos iba a esperar ,y teníamos menos de tres horas para atravesar un mar de personas para que nos den un puto timbre??.
Tres horas suena a mucho tiempo para lograr un timbre en el pasaporte sudado y ya todo doblado, pero esto era el verdadero infierno con sus llamas rojas e incandescentes. Cómo, otra vez vamos a tener que pasar por el sufrimiento?,pregunté en español al Canadiense, quien me miró denuebo con sus ojos saltones atinando solo a responder: “I beg you a pardon?”.

 

Nuevamente caí en desesperación, y les dije a todos que me pasaran sus pasaportes y que yo me iba a encargar del asunto. Asigné al sueco a que se fuera vigilar nuestras maletas al bus, mirando de reojo la aprobación de nuestro Comandante, el Canadiense, tomé todos los libritos y comencé a abrirme paso entre la gente. No era gentil, de hecho como que quería que me costara avanzar entre la gente –como anhelaba tener un machete-. Estaba en la guerra y dispuesto a pegarle a cualquiera que me impidiera mi objetivo de llegar a la ventanilla de la caseta de inmigración. Empujaba y tiraba codazos con valentía. Así estuve cerca de quince minutos, mientras a la distancia el resto de mi grupo me observaba.
Logré darme cuenta que no había avanzado más de diez metros, ya no daba más, y otra lágrima de furia e impotencia corrió por mis mejillas –Ahora que lo pienso, lloraba más de suciedad, transpiración y repelente de mosquito en mis ojos, más que de desesperación, o algo parecido, porque tampoco era para llorar-, cuando disipé por la ventana que a la micro con el resto de los pasajeros donde viajábamos se acercaba a más rápido que nosotros a la frontera y conscientes de que eso implicaba el adiós definitivo a nuestras maletas y transporte.
Decidí devolverme manteniendo mi hidalguía a pesar de mi nefasta iniciativa, cuando justo la pareja de noruegos y el canadiense me llaman con ahínco para que me apurara y les entregara los pasaportes, agregando que además debía pasarles un billete de diez dólares.
Entendí la estrategia de inmediato. Por mi hubiera dado cien si es que era necesario.
Un japonés bien vestido que hablaba inglés y que tenía como escudero de compañía a un joven vietmanita de unos quince años que hablaba japonés y por supuesto que vietnamita, les había ofrecido ayuda a los noruegos, mientras estuvieron viendo entre risas el histérico e ineficiente despliegue de esfuerzo en vano que hacía para intentar abrirme paso entre la turba iracunda. - Mi gestión no fue tan mala después de todo-.
Le entregamos los pasaportes hablándole en inglés al japonés, para que este le dijiera en japonés a nuestro joven salvador cuales eran nuestros papeles, quien sonriéndonos, salió tranquilamente del recinto para por la parte de atrás, golpear la puerta de la oficina.
No lo podía creer; desde el fondo del recinto, encendiendo un cigarrillo, y a espaldas de todo el enjambre de personas que intentaban llegar a la colmena que era la ventanilla de la oficina, fuimos testigos de cómo en cuestión de segundos, nuestro joven escudero, héroe inconmensurable, entregaba al oficial los pasaportes para su timbre, cuyo trámite consistía simplemente revisar que estuvieran los papeles de la visa para entrar a Vietnam, y un billete de cinco dólares americanos en cada documento.

Logramos cruzar. Ya era de día. Un café y un baño para lavarse las manos y la cara ayudó muchísimo. Conversamos distendidamente con el japonés y el vietnamita en armonía. –Increíble pero al final tuvimos tiempo de sobra para sentarnos a conversar una taza de café y disfrutar de una vista preciosa de cerros y árboles de un sublime verdor-.
Subimos al bus y a las tres horas de recorrido se bajó la mitad de la gente, entre ellos todos los indeseables. Íbamos viajando a barlovento y en bajada.
Luego nos detuvimos a almorzar. Los noruegos tomaron su oportunidad y decidieron tomarse otro bus en dirección a Hue. Nos despedimos deseándonos suerte e intercambiando nuestros correos electrónicos y nos invitamos a visitar nuestros respectivos países, así como si fuésemos embajadores en cumbre.

 

No titubeamos frente a la idea de nuestros amigos escandinavos de buscar otra alternativa de recorrido. Nosotros ya embarcados en nuestra aventura, sin importarnos continuar con el resto de las siete horas que nos quedaban de viaje.
Por la tarde, un poco más aseado y recién almorzado me sentía algo mejor, aunque aún restaba mucho viaje. Mi principal angustia eso sí, era que durante la noche alguien había vomitado mi bolso y este no podía apestar más.

 

Ya estaba en la recta final y me sentía seguro viajando, mientras el paisaje de Vietnam nos daba la bienvenida. Palmeras, campos de arroz, agricultores con puntiagudos sombreros de paja arriando vacas, niños, casas, etc., matizaban una vista alucinante. Además todo lo recién vivido ya estaba comenzando a archivarse como un recuerdo que sin duda iba a ser de esos que iban a quedar bien guardados.



La verdad es que las emociones al pensar en todo esto son realmente infinitas.
Llegamos a Hanoi cerca de la media noche. Otro caos fue llegar a esa ciudad. -Pero ya era el tipo de caos controlable, el que es incluso entretenido, y que le pone la pimienta a los viajes-.
Bajamos del bus y me despedí de este como si fuera la última vez en mi vida que iba a utilizar este medio de transporte. También lo hicimos de los suecos, quienes ya tenían un lugar reservado donde alojar. Sólo nos miramos y nos despedimos de la forma distante como ellos acostumbran relacionarse. 
Pocos hablaban inglés en la estación de buses. Por suerte no había tanta gente por la hora.
Un taxi nos dejó en el centro de la ciudad. Tomamos nuestras mochilas y mientras caminábamos inocentemente con el“lonely Panet” en la mano, varias personas salían al paso a ofrecernos alojamiento. Muchos eran gentiles, pero el acoso no se hizo esperar.
Estábamos mal. Las naúseas superaban el optimismo, pero seguimos caminando. -Yo sólo seguía al Canadiense-.
Llegamos a un punto en que el acoso era demasiado para evitarlos, ya que uno de ellos no nos dejaba de amedrentar apostándose delante de nosotros para no dejarnos avanzar señalándonos que entremos a su hostal. Decido empujarlo y comienzo a gritar “police, police...”. Ellos se reían y de pronto comenzaron a gritarnos: “Fuck you european people.... fuck you israelí people...”. 


Sin entender nada, callé y dejé que se aburrieran de acosarme.
En la India si uno les grita a los comerciantes y curiosos, ellos se acobardan y te dejan tranquilo. Acá nada de eso ocurrió. La idea de empujarlo había sido pésima, y casi la historia termina muy mal.

Estábamos exhaustos y hambrientos. Caminamos más de tres cuartos de hora, hasta que dimos con una hostal. Tomamos una ducha como una bendición y ya las dos de la mañana salimos a buscar algo para comer. Lo único abierto era una carísima pizzería italiana. Sin importarme el dinero, comí una pizza margarita, me tomé tres coca colas, me fumé un cigarro, y sin decir ni una palabra me fui a dormir.


Al día siguiente ya todo fue mejor. Vietnam es un lugar maravilloso. No hallo la hora de volver a visitarlo.
A los catorce días de estadía es ese país nos dirigimos a Singapur. 


Claro que esta vez, lo hicimos por avión.

 

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Entradas recientes
Please reload

Categorías
Please reload